4.10.06

Notas al pie


Saúl frente al monitor sigue en la lectura con los lentes a la mitad de la nariz, ensimismado en la tranquilidad que se palpa en medio de su oficina desbordante de carpetas, contratos de arrendamiento de 1974, recibos de la CFE y un café tibio al lado, tirándole a frío, meciéndose en su tasa. –La tarde no da para más– pensó de la nada. Entonces detiene la lectura y apaga la computadora para irse a su casa.

Sale de un edificio cuya esquina está redondeada y tiene la pared llena de pequeñas ventanas asimétricas. La banqueta de la calle es lisa, bien hecha, con varios cajetes dentro de los cuales esbeltos troncos se elevan hasta formar un techo de ordenadas ramas, cubiertas por hojas verdes y luminosas. Manuela sale también del trabajo del mismo edificio y camina por esa calle todos los días; a veces cansada, luego pensativa; ese día iba hermosa con su falda pálida y la cara emitiendo las señas precisas de un enojo reciente, lo cual resalta su belleza. Desde la esquina en donde termina la cuadra da vuelta un camión, parece que se viene deshaciendo por tanto ruido que hace y aunque todavía el sol esta regándose débilmente sobre la pared del edificio formando un follaje de sombras, el chofer prende las luces y Manuela que en ese momento asoma la cabeza en dirección del camión queda encandilada, es como si viera a muchas hadas juntas desde el fondo de la calle abalanzándose hacia ella cual luciérnagas en estampida.

Saúl aspira profundo al pasar junto a Manuela para tragar lo más posible del perfume que ella va soltando a su paso. Todavía va caminando sobre la sombra de Manuela cuando se ajusta el pantalón levantándoselo por las caderas. Manuela lo ve de reojo pero en realidad no carbura la imagen de él, toparse con el panzón es un acto intermitente que no imprime ningún tipo especial de recuerdo en ella. Manuela se detiene en el filo de la banqueta y levanta el dedo índice, el camión se detiene; sube y se sienta en el primer lugar vacío que encuentra. Su vida es tan monótona que de hecho la tarde ya está bajando al subsuelo y ella va saliendo del trabajo. No había pasado nada, su enojo era inventado, todo está en la cabeza, en su imaginación que a ratos se desborda. Mejor se acomodó en el asiento relajando el cuerpo, apoyando un costado de la frente contra la ventana. Se fue un buen rato así, luego contó los días que habían pasado del mes, sumó lo que cuestan doce litros de leche y lo restó de lo que suman doce litros de leche en polvo. Y siguió contado, perdiéndose en números. Con su vocecita de hada-luciérnaga hacía las cuentas en voz muy baja:
- Si trece por tres son treinta y nueve que quitándole el nueve se obtiene un número múltiplo del dos, el tres, el cinco, el seis, el diez y el quince; y que menos veintitrés es igual a siete, múltiplo de nada y por eso el siete es un número primo (*1).
La aritmética la cansa y relaja. Es una terapia.



Saúl llega a su casa, estaciona el coche frente a la puerta principal. Se baja y justo al azotar la puerta del coche avienta un gargajo lo más lejos que puede, incluso balancea el cuerpo para darle un impulso extra a la cabeza, y que la parábola de su escupitajo se alargue gracias a la inercia recibida. Se va directo a prender la computadora, luego, mientras espera a que se cargue el Windows se mete a la cocina por una cerveza y de paso agarra unos trozos de jamón que se va comiendo al ir de regreso a la silla frente al monitor. Abre su correo electrónico para continuar con la lectura del tratado sobre los elfos (*2). Con una cerveza bien fría y dos jamones bajando al estómago se está bien dentro del trópico de cáncer (*3).



- ¡Mira qué buena sandía! - Dice Manuela al entrar a su casa, luego se acomoda en el sillón dejando a la sandía en el toldo que forma su falda.
- Sí, se ve bien buena. ¿Cómo estás contadora? - Le contesta su prima Chayo desde la mesa donde está rebanando unos pimientos rojos. Y continúa diciendo: - Oyes, nomás te voy a dejar cortadas estas chingaderas en tiras y ya me voy, ¿no? Tengo que ir por mi niño a casa de mi comadre.
- Bueno - Contesta Manuela totalmente indiferente, su pensamiento anda enredado en cuentas y mentiras.
Manuela se levanta, camina hasta la mesa y pone la fruta con forma de zeppelín sobreinflado en una bandeja de barro pintado. Se sienta del otro lado de la mesa donde Chayo está a punto de terminar su labor. Con una mirada extraña se observa en el espejo del fondo de la alacena; la mirada de ella con ella misma es como entre telones negros y carmín, y muy poca luz.




Saúl se olvida de su cara chata, sus brazos flacos y su barriga de chelero cuando adentra en el mundo tan maravilloso donde viven Elrond con su hermosa hija Arwen. Visita los palacios elfos que existen encumbrados sobre peñascos que caen en amplios fiordos que contienen un mar plateado, en reposo. Se olvida del mundo imaginando a Arwen con su cabellera negra y larga, su rostro blanco, los ojos grandes llenos de vida. Se desliza tranquilamente al ensueño perdiendo el contacto con la áspera realidad, allá se acurruca en una marea tranquila que lo suspende con delicadeza. De repente el teléfono timbra rompiendo el trance; Saúl alarga la pesada mano y contesta agitado:
- ¿Bueno?
Alguien le contesta del otro lado de la línea.
- ¿Qué quieres?
- ¡No, ahorita no puedo!
- Luego hablamos.
Y cuelga molesto.
Sin una decisión plenamente consciente terminó con la otra mano rascándose el pubis mientras hablaba por teléfono. Cede una vez más. Entra a perderse en ese campo virtual donde puede correr fuera de control. Inmediatamente mueve el mouse y escribe en el navegador la dirección de su página pornográfica preferida.




Chayo ya se fue. Cuando pasó junto a Manuela le acarició con ternura la cabeza. Manuela termina de cocinar el pollo con pimientos y cebolla, bañado en crema. Se come el guiso con la ayuda de un bolillo entero, el cual tiene una costra dura de pan bien horneado. Se toma una coca-cola® de-a-litro para que la comida viaje más cómoda hacia los procesos digestivos. Se comió sin prisas las tres pechugas de pollo, sin embargo el postre no se perdona y decide degustar unas rebanadas de rollo de guayaba acompañadas con otras de queso manchego. Terminó la cena y aun está sentada observándose en el fondo de la alacena. Ahí se queda un largo rato, mirándose a ella y espiando a ratos el resto de la casa que se refleja en el espejo a sus espaldas.
Manuela, en realidad, tiene una mente áspera, como la pura realidad. Ella, de alguna forma, sabe que no es bella, que de su cabeza no cuelgan cabellos rubios frondosos como ella intenta verse en el espejo. Reconoce también que manufactura situaciones en su pensamiento donde se ve obligada a enojarse. Ella tan tranquila, tan llena de paz, de misericordia y armonía. Ella la noble. ¿Por qué la gente es mala con ella? Se mira fijamente a los ojos y entiende el porqué. El rencor diluido en una locura rescatable la hace apartar la vista de la alacena. Deja de jugar a esconderse entre los platos que están recargados sobre el espejo. Regresa a la conciencia de estar sentada con la panza llena, y casualmente termina recordando a Saúl, el panzón que a veces ve saliendo del trabajo. Su cintura de hormiga se evapora convirtiéndose en lípidos y uno que otro músculo atascado por el malestar de saber que no es la Manuela de sus novelas mentales.
- Ahídios.
Y sólo esa palabra brota desde una esquina de la obtusa mente de Manuela. Suspira y se levanta fingiendo esfuerzos que no vienen al caso. Pero al hacer esto le está avisando al esponjoso sofá frente al televisor que ahí va, a desparramarse a ver el show de Cristina (*4). Alguien le comentó que si existieran los elfos, Cristina sería una de ellos, de seguro.




Después de navegar las fotografías de niñas faltas de pudor y con el corazón bombeando aun corriendo desatado queriéndose salir del pecho, Saúl abre el cajón donde guarda la plastilina color carne y moldea unas puntas para acoplarlas en la parte superior de sus orejas, simulando que es un elfo. Así se siente más cerca de Arwen. A las muchachitas del internet las idealiza con orejas puntiagudas también.



Manuela se embelesa con el show de Cristina. Recolecta una infinidad de sentimientos bondadosos al ver cómo familias que estaban enemistadas se contentan en la pantalla de su televisor. Se emboba y casi quiere llorar si es que ese día Cristina logra juntar a dos gemelos por segunda vez en sus vidas. Hasta se le figura que ella debe de ser pariente de la conductora del programa, y por ende alimenta su necia idea de ser alguien de provecho, alguien que coopera en el desarrollo de un estado de paz para el mundo. Recobrando así su imagen de ser alta, delgada, rubia y llamativa como las orquídeas fantasma(*5).



La realidad queda impávida frente a Manuela y Saúl. Lima sus asperezas con paciencia, lamiéndolas con dosis de más realidad que obstinadamente continua repartiendo por doquier. La realidad cree que si se frotan dos o más asperezas unas contra otras, se van desbastando los bordes puntiagudos hasta lograr algo liso. Se burla (con modestia) de los elfos, de las muchachas desnudas del internet, de la plastilina y de las cabelleras rubias. Y se preocupa por el efecto de los espejos y de los libros que regalan paraísos lisos y mitológicos en lugares muy distantes a este espacio lleno de rugosidades.



* Notas al pie:

4 comentarios:

Anónimo dijo...

:)

Lilián dijo...

Qué bien equiparar a cristina con un elfo, al fin todos tenemos elfos, desperdigados.

Lilián dijo...

el domingo, no? ;)

álvaro dijo...

ey, domingo 4:30 keep the dream alive!