28.8.10

La búsqueda de la dignidad

Por Clarice Lispector.

La señora de Jorge B. Xavier simplemente no sabía decir cómo había entrado. Por la puerta principal no fue. La parecía que vagamente soñadora había entrado por una especie de estrecha abertura en medio de los escombros de la construcción, como si hubiera entrado de soslayo por un agujero hecho sólo para ella. El hecho es que cuando se dio cuenta, ya estaba adentro.
Y cuando se dio cuenta, advirtió que estaba muy, muy adentro. Caminaba interminablemente por los subterráneos del Maracaná, o por lo menos le habían parecido cavernas estrechas que daban a salas cerradas y, cuando se abrían las salas, sólo había una ventana que daba al estadio. Éste, a aquella hora tórridamente desierto, reverberaba al extremo sol de un calor inusitado en aquel día de pleno invierno.
Entonces, la señora siguió por un corredor sombrío. Éste la llevó igualmente a otro más sombrío. Le pareció que el techo de los subterráneos era bajo.
Y hete aquí que este corredor la llevó a otro que la llevó a su vez a otro.
Dobló el corredor desierto. Y entonces cayó en otra esquina. Que la llevó a otro corredor que desembocó en otra esquina.
Entonces continuó automáticamente entrando en corredores que simplemente daba a otros corredores. ¿Dónde estaría la sala de la sesión inaugural? Pues junto a esa encontraría a las personas con quienes había concertado la cita. La conferencia quizás ya había comenzado. Iba a perderla, justamente ella que es esforzaba por no perder nada cultural porque así se mantenía joven por dentro, ya que por fuera nadie adivinaba que tenía casi setenta años, todos le daban unos cincuenta y siete.
Pero ahora, perdida en los meandros internos y oscuros de Maracaná, ya arrastraba los pies pesados de vieja.
Fue entonces cuando súbitamente encontró en un corredor a un hombre surgido de la nada y le preguntó por la conferencia que el hombre dijo ignorar. Pero ese hombre pidió información a un segundo hombre que también surgió repentinamente al doblar el corredor.
Entonces este segundo hombre informó que había visto de cerca de los asientos de la derecha, en pleno estadio abierto, a “dos damas y un caballero, una de rojo”. La señora Xavier dudaba que esas personas fueran del grupo con el que ella debía encontrarse antes de la conferencia y, en realidad, ya había olvidado el motivo por el cual caminaba sin jamás parar. De cualquier modo siguió al hombre rumbo al estadio, donde se detuvo ofuscada en el espacio hueco de luz clara y mudez abierta, el estadio desnudo desventrado, sin balón ni fútbol. Además, sin gente. Había una multitud que existía por el vació de su ausencia absoluta.
¿Las dos damas y el caballero ya habían desaparecido por algún corredor?
Entonces, el hombre dijo con un desafío exagerado:
—Pues voy a buscarlas para usted y encontraré a esas personas de cualquier manera, no pueden haber desaparecido en el aire.
Y, en efecto, ambos las habían visto de muy lejos. Pero un segundo después volvieron a desaparecer. Parecía un juego infantil donde carcajadas amordazadas reían de la señora de Jorge B. Xavier.
Entonces entró con el hombre por dos corredores. Hasta que el hombre también desapareció en una esquina.
La señora ya había desistido de la conferencia que en el fondo poco le importaba. Lo que quería era salir de aquella maraña de caminos sin fin. ¿No habría puerta de salida? Entonces sintió como si estuviera dentro de un ascensor descompuesto entre un piso y otro. ¿No habría puerta de salida?
Fue entonces cuando se acordó de las palabras informativas de la amiga, por teléfono: “Queda más o menos cerca del estadio de Maracaná”. Frente a ese recuerdo comprendió su error de persona tonta y distraída que sólo escucha las cosas por la mitad, y la otra queda sumergida. La señora Xavier es muy distraída. Entonces, pues, no era en el Maracaná el encuentro, era cerca de allí. Sin embargo, su pequeño destino había querido que se perdiera en el laberinto.
Sí, entonces la lucha recomenzó peor todavía: quería salir por fuerza de allí y no sabía cómo ni por dónde.
Y de nuevo apareció en el corredor ese hombre que buscaba a las personas y otra vez le aseguró que las encontraría porque no podían haber desaparecido en el aire. Él dijo:
— ¡Las personas no pueden desaparecer en el aire!
La señora informó:
—No hay necesidad de que se incomode buscando, ¿sabe? Muchas gracias de todos modos. Porque el lugar donde debo encontrar a esa gente no es en Maracaná.
El hombre dejó de caminar inmediatamente y la miró, perplejo:
—Entonces, ¿qué está usted haciendo por aquí?
Ella quiso explicar que su vida era así mismo, pero ni siquiera sabía qué quería decir con “así mismo”, ni con “su vida”, de modo que nada respondió. El hombre insistió en la pregunta, entre desconfiado y cauteloso: ¿qué estaba haciendo allí? Nada, respondió sólo con el pensamiento la mujer, ya a punto de caer de cansancio. Pero no le respondió, le dejó creer que estaba loca —y quizá lo estuviera—, pues ¿no sentía aquella cosa que ella llamaba “aquello” por vergüenza? Aunque también tenía la llamada salud mental tan buena que sólo podía compararla con su salud física, pues arrastraba sus pies de muchos años en el laberinto. Su vía crucis. Estaba vestida de lana muy gruesa y se sofocaba sudaba en el inesperado calor de un auge de verano, esa día de verano que era una deformidad del invierno. Le dolían las piernas, le dolían con el peso de la vieja cruz. Ya estaba resignada de algún modo a no salir nunca del Maracaná y a morir allí con el corazón exangüe.
Entonces, como siempre, después de desistir de las cosas deseadas, éstas ocurrían. Lo que se le ocurrió de repente fue una idea: “Soy una vieja loca”. ¿Por qué en vez de continuar preguntando por las personas que no estaban allí, no buscaba a los hombres y les preguntaba cómo salir de los corredores? Porque lo que quería era sólo salir y no encontrarse con nadie.
Encontró finalmente al hombre, al doblar una esquina. Y le habló con la voz un poco trémula y ronca por el cansancio y el miedo de la esperanza fuera vana. El hombre, desconfiado, estuvo de acuerdo rápidamente con que ella se fuera a casa y le dijo, con cuidado:
—Parece que usted no está muy bien de la cabeza, quizá sea este calor raro.
Dicho esto, le hombre simplemente entró con ella en el primer corredor y en la esquina aparecieron dos amplios portones abiertos. ¿Sólo eso? ¿Así de fácil?
Tan fácil.
Entonces la señora pensó que sólo para ella se había vuelto imposible hallar la salida. La señora Xavier estaba un poco asustada y al mismo tiempo, acostumbrada. En cierto sentido, cada uno tenía su propio camino que recorrer interminablemente, formando esto parte del destino, en el que ella no sabía si creía o no.
Pasó un taxi. Lo mandó detenerse y dijo, controlando la voz que estaba cada vez más vieja y cansada:
—Joven, no sé bien la dirección, la olvidé. Pero sé que la casa queda en una calle (sólo recuerdo que se llama Guzmán) y que hace esquina con una calle que si no me equivoco se llama Coronel no sé qué.
El chofer fue paciente como con una niña:
—Pues entonces no se ponga nerviosa, vamos a buscar una calle que tenga un Guzmán a la mitad y Coronel al final —dijo, volviéndose hacia atrás con una sonrisa y guiñándole un ojo de complicidad que parecía indecente. Partieron con una vacuidad que le estremeció las entrañas.
Entonces, súbitamente, reconoció a las personas que buscaba y que se encontraban en la acera de enfrente, junto a una casa grande. Era como si la finalidad fuese llegar y no escuchar la conferencia que a esa hora estaba totalmente olvidada, pues la señora Xavier había olvidado su objetivo. Y no sabía por qué motivo había caminado tanto. Estaba cansada más allá de sus fuerzas y quiso irse, la conferencia era una pesadilla. Entonces le pidió a una señora importante y vagamente conocida que tenía auto con chofer que la llevara a su casa porque no se sentía bien con aquel calor tan raro. El chofer llegaría dentro de una hora. Entonces se sentó en una silla que había en el corredor, se sentó muy derecha con su cinturón apretado, lejos de la cultura que se desarrollaba enfrente, en la sala cerrada. De la cual no salía sonido alguno. Poco le importaba la cultura. Allí estaba, en los laberintos de sesenta segundos y de sesenta minutos que la conducirían a una hora.
Entonces la señora importante vino y le dijo: que el auto estaba en la puerta, pero que le informaba de que, como el chofer había avisado que iba a tardar mucho, en vista de que la señora no sentía bien, paró al primer taxi que vio. ¿Por qué ella no había tenido la idea de llamar a un taxi, en lugar de estar dispuesta a someterse a los meandros del tiempo de espera? Entonces, la señora de Jorge B. Xavier se lo agradeció con extremada gentileza. Ella siempre era muy delicada y educada. Ya en el taxi, dijo:
—A Leblon, si me hace favor.
Tenía el cerebro vació, le parecía que su cabeza estaba en ayunas.
Al poco rato notó que andaban y andaban pero que otra vez terminaban por dar a la misma plaza. ¿Por qué no se salían de allí? ¿Otra vez no había camino de salida? El taxista acabó confesando que no conocía la zona Sur, que sólo trabajaba en la zona Norte. Y ella no sabía cómo enseñarle el camino. Cada vez le pesaba más la cruz de los años y la nueva falta de salida sólo renovaba la magia negra de los corredores del Maracaná. ¡No había modo de librarse de esa plaza! Entonces el chofer le dijo que tomara otro taxi, y hasta llegó a hacerle una señal a otro que pasó a su lado. Ella se lo agradeció comedidamente, era ceremoniosa con la gente, aun con los conocidos. Además era muy gentil. En el nuevo taxi, dijo tímidamente:
—Si no le incomoda, vamos a Leblon.
Y simplemente salieron en seguida de la plaza y entraron en nuevas calles.
Fue al abrir con la llave la puerta del departamento cuando tuvo el deseo, ganas, mentalmente y con la imaginación, de sollozar en voz alta. Pero no era persona de sollozar ni de protestar. De paso avisó a la empleada de que no iba a atender el teléfono. Fue directamente a su habitación, se quitó toda la ropa, tragó una pastilla sin agua y espero que diera resultado.
Mientras tanto, fumaba. Se acordó de que era el mes de agosto y decían que agosto daba mala suerte. Pero septiembre llegaría un día como puerta de salida. Y septiembre era por algún motivo el mes de mayo: un mes más leve y más transparente. Pensando brevemente en eso, la somnolencia finalmente llegó y se durmió.
Cuando despertó, horas después, vio que caía una lluvia fina y helada, hacía un frío que cortaba como un cuchillo. Desnuda en la cama se congelaba. Le pareció muy curiosa la idea de una vieja desnuda. Se acordó de que había planeado la compra de una bufanda de lana. Miró el reloj: todavía podía encontrar el comercio abierto. Tomó un taxi y dijo:
—A Ipanema, si me hace el favor.
El hombre le dijo:
— ¿Cómo? ¿Al Jardín Botánico?
—A Ipanema, por favor— repitió ella, bastante sorprendida. Era el absurdo del desacuerdo total: ¿qué había en común entre las palabras Ipanema y Jardín Botánico? Pero otra vez pensó vagamente que “su vida era sí, de esa manera”.
Hizo la compra rápidamente y se vio en la calle oscura sin tener nada que hacer, pues el señor Jorge B. Xavier había viajado a São Paulo el día anterior y sólo volvería al día siguiente.
Entonces, otra vez en la casa, entre tomar una nueva píldora para dormir o hacer alguna otra cosa, optó por la segunda hipótesis, pues se acordó de que ahora podría volver a buscar la letra de cambio perdida. Lo poco que entendía era que aquel papel representaba dinero. Hacía dos días que la buscaba minuciosamente por toda la casa, y hasta por la cocina, pero en vano. Ahora se le ocurrió: ¿y por qué no debajo de la cama? Quizás. Entonces se arrodilló en el suelo. Pero después se cansó de estar sólo apoyada en las rodillas y se apoyó también con las manos.
Entonces advirtió que estaba en cuatro patas.
Permaneció un tiempo así, quizá meditando, quizá no. Quien sabe, es posible que la señora Xavier estuviera cansada de ser un ente humano. Era una perra de cuatro patas. Sin ninguna nobleza. Perdida la altivez última. En cuatro patas, un poco pensativa, tal vez. Pero debajo de la cama sólo había polvo.
Se levantó con bastante esfuerzo, con las articulaciones desencajadas y vio que no tenía más remedio que considerar con realismo —y era un esfuerzo penoso ver la realidad—, considerar con realismo que la letra estaba perdida y que seguir buscándola sería nunca salir del Maracaná.
Y como siempre, cuando había desistido de buscar, al abrir un cajoncito de pañuelos para sacar uno, encontró la letra de cambio.
Entonces, cansada por el esfuerzo de haber estado a cuatro patas, se sentó en la cama y comenzó sin más ni más a llorar ligeramente. Aquel llanto parecía más una letanía árabe. Hacía treinta años que no lloraba, pero ahora estaba muy cansada. Si es que aquello era llanto. No lo era. Era otra cosa. Finalmente se sonó la nariz. Entonces pensó lo siguiente: que ella forzaría al “destino” y que tendría un destino mayor. Con la fuerza de la voluntad se consigue todo, pensó sin la menor convicción. Y eso de estar sujeta a un destino le ocurría porque ya había empezado a pensar sin querer en “aquello”.
Pero sucedió entonces que la mujer también pensó lo siguiente: era demasiado tarde para tener un destino. Pensó que bien podría hacer cualquier tipo de permuta con otro ser. Entonces se dio cuenta de que no había con quien permutar: que fuese quien fuese, ella era ella y no podía transformarse en otra única. Cada uno era único. La señora de Jorge B. Xavier también lo era.
Pero todo lo que le ocurría era todavía preferible a sentir “aquello”. Y “aquello” vino con sus largos corredores sin salida. “Aquello”, ahora sin ningún pudor, era el hambre dolorosa de sus entrañas, la necesidad de ser poseía por el inalcanzable ídolo de la televisión. No se perdía un solo programa suyo. Entonces, ya que no podría evitar pensar en él, la cosa era entregarse y recordar el rostro aniñado de Roberto Carlos, mi amor.
Fue a lavarse las manos sucias de polvo y se miró en el espejo de lavabo. Entonces, la señora Xavier pensó: “Si lo deseo mucho, pero mucho, él será mío por lo menos una noche”. Creía vagamente en la fuerza de la voluntad. De nuevo se enmarañó, en el deseo sufrido y estrangulado.
Pero ¿quién sabe? Si desistiera de Roberto Carlos, entonces las cosas entre él y ella ocurrirían. La señora Xavier meditó un poco sobre el asunto. Entonces, astutamente, fingió que desistía de Roberto Carlos. Pero bien sabía que el abandono mágico sólo daba resultado positivo cuando era real, y no sólo un truco de conseguir algo. La realidad exigía mucho de ella. Se examinó en el espejo para ver si el rostro se volvía bestial bajo la influencia de sus sentimientos. Pero era un rostro quieto que ya hacía mucho tiempo había dejo de representar lo que sentía. Además, su rostro nunca había expresado más que una buena educación. Y ahora era solo la máscara de una mujer de setenta años. Entonces, su cara levemente maquillada le pareció la de un payaso. No mejoró.
Por fuera —vio en el espejo— ella era una cosa seca como un higo seco. Pero por dentro no estaba seca. Todo lo contrario. Parecía, por dentro, una encía húmeda, blanda como una encía desdentada.
Entonces procuró un pensamiento que la espiritualizara o que la secara de una vez. Pero nunca había sido espiritual. Y a causa de Roberto Carlos ella estaba envuelta en las tinieblas de la materia, donde era profundamente anónima.
De pie en el baño era tan anónima como una gallina.
En una fracción de fugitivo segundo casi inconsciente vislumbró que todas las personas son anónimas. Porque nadie es el otro y el otro no conoce al otro. Entonces, entonces cada uno es anónimo. Y ahora estaba enredada en aquel pozo hondo y mortal, en la revolución del cuerpo. Cuerpo cuyo fondo no se veía y que era la oscuridad de las tinieblas malignas de sus instintos vivos como lagartos y ratones. Y todo fuera de época, fruto fuera de estación. ¿Por qué las otras viejas no le habían avisado de que a fin de cuentas eso podía pasar? En los hombres viejos bien que había visto miradas lúbricas. Pero en las viejas no. Fuera de estación. Y ella vivía como si también fuese alguien, ella no era nadie.
La señora Jorge B. Xavier era nadie.
Entonces quiso tener sentimientos hermosos y románticos en relación con la delicadeza del rostro de Roberto Carlos. Pero no lo conseguía: esa delicadeza apenas la llevaba a un corredor oscuro de sensualidad. Y la perdición era la lasciva. Era un hambre baja: quería comerse la boca de Roberto Carlos. No era romántica sino grosera en materia de amor. Allí en el baño, frente al espejo del lavabo.
Con su edad indeleblemente manchada.
Si al menos tuviera un pensamiento sublime que le sirviera de lema y ennobleciera su existencia.
Entonces comenzó a deshacer el moño de los cabellos y a pintarlos lentamente. Necesitaba un nuevo tinte, ya se veían las raíces blancas. Entonces la señora pensó lo siguiente: “En mi vida nunca hubo un clímax como en las historias que se leen”. El clímax era Roberto Carlos. Pensativa, concluyó que moriría secretamente, como secretamente había vivido. Pero también sabía que toda muerte es secreta.
Desde el fondo de su futura muerte imaginó ver en el espejo la codiciada figura de Roberto Carlos, con aquellos suaves cabellos ensortijados que él tenía. Allí estaba, persa del deseo fuera de estación, como un día de verano en pleno invierno. Persa de la maraña de corredores del Maracaná. Persa del secreto mortal de las viejas. Sólo que ella no estaba habituada a tener setenta años, le faltaba práctica, no tenía la menor experiencia.
Entonces dice, alto y sin testigos:
—Robertito Carlitos.
Y agregó: “Mi amor”. Oyó su voz con extrañeza, como si estuviera haciendo por primera vez, sin ningún pudor o sentimiento de culpa, una confesión que no debería de ser vergonzosa. La señora pensó que Robertito era capaz de no aceptar su amor porque, era consciente, su amor era ridículo y sentimental, molestamente voluptuoso y goloso. Y Roberto Carlos parecía tan casto, tan asexuado.
Sus labios levemente pintados ¿serían todavía besables? ¿O acaso era repugnante besar la boca de una vieja? Examinó bien de cerca e inexpresivamente sus propios labios. Y todavía inexpresivamente cantó en voz baja el estribillo de la canción más famosa de Roberto Carlos: “Quiero que usted me caliente este invierno y que todo lo demás se vaya al infierno”.
Fue entonces cuando la señora de Jorge B. Xavier se dobló bruscamente sobre el lavabo como si fuera a vomitar las vísceras e interrumpió su vida con una mudez hecha pedazos: ¡tiene! ¡que! ¡haber! ¡una! ¡puerta! ¡de saliiiiiiiiiida!

29.7.10

Aplica

Un parche en la espalda baja documentado casi en secreto, me convierto en una especie de Leonardo di Caprio estúpido, tapatío frente a una cámara, tímido y forzado. La tranquilidad en un papel con letras, números y signos impresos, ahí está el hechizo que me hará dormir ahora en paz. Sello y firma confirman solamente lo que no es una sorpresa. Cuando estamos preparados, cuando no es una sorpresa, lo único que pasa es que la realidad se acomoda de una forma nueva sutilmente en el cerebro, en solitario, en automático, reflejo instintivo. El mundo para todos los demás no varía en absoluto o varía de acuerdo a sus propios principios. Miro hacia adelante, el tiempo es un acordeón que juega a estirarse y comprimirse. Lo dije ya, no tengo miedo, no tengo porqué tenerlo, esto no tiene nada que ver con la valentía. Una vuelta de tuerca, es todo. Una recompensa ganada, la información efectivamente es poder. Los niveles todavía arriba, las próximas observaciones en camino, los nuevos planes y la falta de lógica como algo normal. La única certeza que todos tenemos en la vida toma un matiz más claro, más real. Me asombra el hecho de que piense en planes de todo tipo, regidos al corto, medio y largo plazo; ahora tengo que tener todo tipo de planes ya que no se sabe en qué momento se resbalará en la tina para morir desnucado. Aquí es cuando lo positivo se convierte en positivo de verdad. Ahora paso a otro conjunto donde supuestamente estamos millones de personas, mi soledad confundida se replega en el piso del closet de las estadísticas. Voy a ser transparente, hasta donde pueda. Voy a aparentar que aprendí a perdonar, hasta donde pueda. Mis rezos a Tláloc de nuevo van rumbo a las nubes y el mar, a ver si me concede ver directo a los ojos de la gente que con seguridad estará a mi alrededor sin escupirles en la cara.

17.7.10

No aplica

De nuevo todo lo cotidiano regresa a mi lado, a ensimismar al tiempo sobre el tiempo, esto debe ser lo mismo que sólo leer la misma parábola cada verano, gastarse la vida en letras ya desabridas, rodearse de gente que se deshace en aire y se esfuma en presencias que no conducen a nada; antes una nada bastaba para creer en algo y ahora que el velo flotó lento hasta quedar tirado no hay saciedad en lo que se interrelaciona entre mi persona y ustedes. Queda así expuesta parte de mi fragilidad entre hojas de palma y nadie lo nota, ustedes que me creen fuerte, que me piensan como fortaleza, proyectando dureza entre una especie de luz automática y dando direcciones bien encausadas. Me siento un mago hacedor de impresionantes trucos que en realidad son farsas puras. Me siento ese mago con el spot de luz encima sobre un escenario carente de toda limpieza sudando por entretener a las butacas o a las cucarachas que me observan de reojo con sus muecas de burla.

Tengo otro parteaguas haciendo el intento de estacionarse aquí, precisamente aquí, biseccionando otra vez a mi existencia con una imposición que nunca pude controlar. ¿Dónde están los filósofos que me llevarán a pensar que estoy haciendo lo correcto, los filósofos de la tranquilidad robada, esos pensadores que siendo más hábiles que éste pellejo humano logran confundirme al grado de dejarme en medio de una paz explosiva? Yo, como siempre y ante cualquier situación, abuso. Abuso hasta rendir mis fuerzas, sin tregua. En primer lugar de mí, y de todo aquel infeliz despistado que me tome como faro al pie del acantilado. ¿Qué no es notoria mi falta de buenas intenciones? ¿No resaltan mis atropellos varios kilómetros más allá del epicentro de las heridas que abro como latas oxidadas llenas de comida descompuesta? Con renovada inquietud de furia domada pregunto sin cansarme, ¿dónde están los verdaderos faros de esas islas accidentadas frente a las cuales nunca he podido encallar? ¿Qué no ven mi ceguera, mi auténtico cansancio, mi sarna regada por el piso en forma de escamas que brotan de esa piel que me sobra? No me digan ahora que en el fondo de mis ojos no se advierte el peligro de seguir respirando otro día. Me indigna su poca capacidad de observación en contraposición a la forma en que ufanos presumen ser las personas más agudas para observar hasta los mínimos detalles, los que según ustedes nadie ve.

Las leyes más exactas, las normas más revisadas, los estatutos bien aceptados, las teorías demostradas; ya nada aplica. Ni siquiera puedo decir de qué color es este espacio sin espacio donde me he colocado, no puedo explicar esta falta de aire, este simulacro de apoyo sobre la pendiente tan pronunciada. Me aventé por la resbaladilla sin saber que dios o el diablo la habían untado de aceite con esmero, un aceite que al incrementarse la velocidad del descenso se calienta por la fricción de mi cuerpo sobre la superficie de la resbaladilla, y sigo cayendo, aumentando la velocidad segundo a segundo, soportando las quemaduras, oliendo mi piel chamuscada.

Ustedes sigan nomás como si nada. Mi acto no es de circo. ¿De qué me sirve explicarles las cosas si es un hecho que no estamos en el mismo canal? Por fin la soledad, la soledad real sin ficciones impuestas, la soledad majestuosa, emperatriz universal de mi felicidad. Por fin estoy del otro lado y no tengo miedo. El tiempo se comprime o se desdobla, no puedo entenderlo, mucho menos explicarlo. La pirámide se desmorona sobre la esfinge violada. Por favor no me hagan caso. Tal vez lo único que queda en claro es que ya no podremos entendernos, ahora mi persona pertenece al conjunto que ustedes no pertenecen. Y en este conjunto sólo estoy yo.

8.5.10

Salman

A toda idea nueva, Mahound, se le hacen dos preguntas. La primera, cuando aún es débil, ¿QUÉ CLASE DE IDEA ERES TÚ? ¿Eres de la clase que transige, pacta, se amolda a la sociedad, busca una buena posición y procura sobrevivir; o eres del tipo de recondenada y bestia noción atravesada, intratable y rígida que prefiere partirse antes que doblegarse al viento? ¿La clase de idea que casi indefectiblemente, noventa y nueve veces de cada cien, queda triturada; pero, a la que hace cien, te cambia el mundo?
"¿Cuál es la segunda pregunta?", preguntó Gibreel en voz alta.
Antes contesta la primera.

[...]

Y ahora, Mahound, a su regreso a Jahilia, llega la hora de la segunda pregunta: ¿Cómo te portas cuando vences?

[Tomado de 'Los versos satánicos' de Salman Rushdie]

Resumiendo mucho ésta novela nos narra las aventuras y desventuras que le suceden al mensaje divino desde que el o los dioses o diosas comunican dicho mensaje a su ángel mensajero, el ángel al profeta, el profeta al escriba hasta que por fin llega al pueblo.

En este proceso de comunicación el mensaje se trastoca en lo que conocemos como el "teléfono descompuesto", donde Shaitán interviene a todos los niveles, confundiendo al ángel, al profeta y al escriba. Shaitán se puede hacer pasar por el ángel mensajero frente al profeta, o Sahitán puede arremeter contra la memoria del profeta e incluso puede tentar al escriba para que redacte el mensaje como le venga en gana. La confusión es tal que al final de cuentas los versos divinos quedan de tal modo satanizados que es prácticamente imposible averiguar qué parte del mensaje es el divino y qué parte es el satánico, o incluso saber si alguna parte del mensaje recibido tiene algo de “verdad divina”. El pueblo, la gran masa obediente, recibe el mensaje, cualesquiera que éste sea, y lo cree ciegamente, imposibilitado de verificar si está en lo correcto o no, pues el pueblo jamás se atreverá a cuestionar a El Mensaje; el dogma de fe por definición es ciego.

Y he ahí el fantástico fundamento de las grandes religiones que ahora dominan al mundo.

En lo personal me causan mucha ternura los altos mandos de las religiones fundamentalistas poniendo precio sobre la cabeza de Rushdie por atreverse a hacer una novela con todo éste chisme teológico. Inocentes personas que creen en dios, en el ángel mensajero, en el profeta, en Shaitán y obvio, en El mentado Mensaje.

22.4.10

El futuro fue un fracaso

No voy a decir ‘te quiero’, ¿para qué?, así que puedes olvidarte de esas cursilerías conmigo. El código penal cambia al cruzar el umbral de esta casa, aquí son otros regimenes sucios y abarrotados de un despotismo no ilustrado los que mandan; además me encanta ser grosero, lo sabes bien. Me llena de rabia el hecho de que las personas no sepan usar las acepciones y si alguna culpa hemos de tirar entonces que sea culpa de los falsos valores que promueve la justicia social y señalemos a la ignorancia, tan inocente. El ‘te quiero’ ya no aplica pues en realidad ni tú ni yo creemos en eso. Y de cualquier forma nos queremos con los restos del sentimentalismo que sobrevive en nuestra aparente dureza.

El acto sexual lo vamos erradicando día tras día, lo empujamos al exilio, a vivir en los bastos campos llenos de ansias libidinosas que la gente ara con fervor y sin cansancio en busca de otro orgasmo, de uno que los regrese el placer de cuando descubrieron el sexo. Ellos no tienen llenadera, nosotros rebosantes de una falsa asexualidad nos volcamos a la correcta masturbación en solitario frente a la pornografía y frente a la memoria de actos de gozo sexual superlativo. Mi conducta en la calle es intachable, lo has visto.

Tengo un fondo lo bastante amplio en las cavidades de mis pensamientos que me empuja a desear matar personas ya realizadas, animales entrenados y minerales descompuestos. Y lo único que muere son mis ganas de matar. No te asustes, jamás usaría armas que dejen rastro y hagan brotar sangre; me inclino por venenos que matan por dentro -en paz- sin avisarle a la víctima que pronto ya no habrá vida sustentándola. El veneno del olvido, un olvido patentado que no guarda nada.

De cualquier forma -en el mejor de los casos- los mejores años para experimentar el sexo fueron en la adolescencia temprana, todos lo sabemos, cuando estábamos limpios de cualquier tocamiento o experiencia dermatológica y no sabíamos llorar. Tengo el recuerdo de cuando exploté eyaculando placer de orden divino, nadie inmiscuido en el proceso, sin cargos de conciencia, ni látex, ni sofocamientos para que el otro se quedara a mi lado. Una inocente soledad perfecta embrigada en ese descubrimiento corporal que nos hace entrar en lo que creemos será un mundo maravilloso, pero es sólo el mundo de los cochinos adultos. El resto de la historia es naturalmente conocida.

20.3.10

10

El dominio del pensamiento, de la misteriosa rapidez del pensamiento, exalta al hombre por encima de todos los demás seres vivientes. Sin embargo, lo deja convertido en un extraño para sí mismo y para la enormidad del mundo.

La tristeza, eine dem Leben anklebende Taurigkeit, diez veces.


'Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento' de George Steiner.

19.3.10

9

[...] Vaga y retóricamente, atribuimos a ciertos actos del espíritu y a los que suponemos que son sus consecuencias –la idea científica, la obra de arte, el sistema filosófico, la proeza histórica– la etiqueta de ‘grande’. Nos referimos a ‘grandes’ pensamientos o ideas, a productos del genio intelectual, artístico o político. No menos vagamente hablamos de pensamientos ‘profundos’ en oposición a triviales o superficiales. Spionza baja al pozo de la mina; el hombre de la calle se desliza habitualmente por la banal superficie de sí mismo o del mundo. [...]

Todos vivimos dentro de una incesante corriente y magma de actos de pensamiento, pero sólo una parte muy limitada de la especie da prueba de saber pensar. Heidegger confesó lúgubremente que la humanidad en su conjunto no había salido de la prehistoria del pensamiento. Los alfabetizados cerebrales –carecemos de un término adecuado– son, en proporción con la masa de la humanidad, pocos. [...] Pero la capacidad de tener pensamientos que merezcan la pena de ser pensados, más aún, de ser expresados y conservados, es relativamente rara. No hay muchas personas que sepan pensar con una finalidad que sea original, y mucho menos que sea exigente. [...]

[...] La verdad, enseñaba el Baal Shem, está perpetuamente en el exilio. [...]

[...] No hay democracia en el genio; solamente una terrible injusticia y una carga que amenaza la vida. Están los pocos, como dijo Hölderlin, que se ven obligados a aferrar el relámpago con las manos desnudas.

Este desequilibrio, junto con sus consecuencias, el desajuste del gran pensamiento y la gran creatividad con los ideales de la justicia social, es una novena fuente de melancolía (Melancholie).


‘Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento’ de George Steiner.

18.3.10

8

[...] Como hemos observado, no contamos con ninguna manera segura de comprender los pensamientos ajenos. Una vez más, prestamos demasiada poca atención a esta enormidad. Debería de suscitar terror. [...] Ni la hipnosis, ni las técnicas psiquiátricas, ni las ‘drogas de la verdad’ pueden extraer de una manera verificable los pensamientos del otro. [...]

De aquí las inciertas relaciones entre el pensamiento y el amor. De aquí la posibilidad de que el amor entre seres pensantes sea una gracia de cierto modo milagrosa. Todos los hombres y todas las mujeres, todos los adultos y todos los niños usan lo que los lingüistas llaman ‘idiolecto’, es decir, una selección personalizada del lenguaje disponible, con fichas, connotaciones y referencias privadas, singulares, tal vez intraducibles, que los receptores en el diálogo no pueden interpretar totalmente ni con certeza. Tratamos de traducirnos unos a otros. Así pues, con frecuencia nos equivocamos un poco o mucho. [...]

Aun en momentos y actos de extremada intimidad –quizá más agudamente en esos momentos– el amante es incapaz de abrazar los pensamientos de la persona amada. [...]

Los animales con los que convivimos nos demuestran que nuestros miedos emanan un olor característico. Tal vez exista un olor a odio. Si enumeramos todos los niveles de impulso cerebral e instintivo, puede que el odio sea el más vívido y lleno de gestos mentales. Es más fuerte y más cohesivo que el amor (como intuyó Blake). Con harta frecuencia se acerca más a la verdad que ninguna otra revelación del ser. El otro tipo de experiencia mental en la cual se arranca el velo es el de la risa espontánea. En el momento en que ‘cogemos’ el chiste o vemos casualmente algo cómico, la mentalidad queda al desnudo. [...]

[...] El amor más intenso, quizá más débil que el odio, es una negociación, nunca concluyente, entre soledades.

Una octava razón para la tristeza.


'Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento' de George Steiner.

17.3.10

7

[...] No es que la luz procedente de remotas galaxias no llegue hasta nosotros; es que nunca llegará a nosotros, es una alegoría de nuestra soledad. ¿Qué proporción de nuestra orgullosa ciencia es también ciencia ficción, un modelo cuya única veritas demostrable es la de las matemáticas, de las matemáticas jugando a sus propios juegos ensimismados?

[...] Todos y cada uno de nosotros ha tenido la experiencia de una frustración de la consciencia, de unas barreras al entendimiento. ‘Tropezamos’, en ocasiones visceralmente, con impalpables pero rígidos muros del lenguaje. El poeta, el pensador, los maestros de la metáfora hacen arañazos en ese muro. Sin embargo, el mundo, tanto dentro como fuera de nosotros, murmura palabras que no somos capaces de distinguir. Se proclama que los ‘tonos no oídos’ son los más dulces. Cézanne atestigua con modesto enfado la incapacidad de sus ojos para penetrar la profundidad del paisaje que tiene delante. El matemático puro tiene conocimiento de los irresoluble aunque no hay ningún modo de captar con seguridad la fuente de esa imposibilidad de resolver. El pensamiento más inspirado es impotente ante la muerte, una impotencia que ha generado nuestros escenarios metafísicos y religiosos. (Volveré sobre esto). El pensamiento vela tanto como revela, probablemente mucho más.

Una séptima razón para ese Schleier der Schwermut (‘velo de la pasadumbre’).


'Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento' de George Steiner.

16.3.10

6

[...] Aquí, casi todo sigue estando basado en conjeturas. Pensar tiene inconmensurables consecuencias, pero la inferencia de un contínuum directo es, como enseñó Hume, indiferencial. No se puede demostrar que sea directamente causal. La gran mayoría de los actos y gestos habituales se realizan ‘sin pensar’. Se ejecutan instintivamente o a través de reflejos adquiridos.

[...] Podemos tenerlo todo abrumadoramente a nuestro favor, la inducción puede parecer casi contractual e infalible, pero esperar, tener expectativas o esperanza, es un azar. Y su única certidumbre es la muerte. [...] Un revelador vacío, una tristeza de la saciedad sigue a todos los deseos satisfechos (Goethe y Proust son los despiadados exploradores de esta accidia). El célebre abatimiento post coitum, el anhelo del cigarillo después del orgasmo, son precisamente las cosas que miden el vacío que existe entre la expectativa y la sustancia, entre la imagen fabulosa y el suceso empírico. El eros humano es pariente cercano de una tristeza hasta la muerte. [...] Tales son las fallidas correlaciones entre pensamiento y realización, entre lo concebido y las realidades de la experiencia, que no podemos ni vivir sin esperanza –como dijo Coleridge, “Trabajo sin esperanza recoge néctar en un cedazo, / Y esperanza sin un objeto no puede vivir”- ni superar el dolor y la burla que conllevan las esperanzas fallidas. ‘Esperar contra toda esperanza’ es una expresión vigorosa pero en última instancia condenatoria de la sombra que arroja el pensamiento sobre la consecuencia.

Una sexta Ursache o fuente de la tristitia.


'Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento' de George Stainer.

15.3.10

5

[...] No hay quizá ninguna actividad humana más extravagante. No pensamos nuestros pensamientos excepto en los breves periodos de concentración epistemológica o psicológica. Casi en su totalidad, el incesante conjunto y suma del pensamiento pasa fugazmente, inadvertido, sin forma y sin utilidad. Satura la conciencia y muy posiblemente el subconsciente, pero se seca como una delgada lámina de agua sobre tierra abrasada.

[...]

¿Cuántos reconocimientos se desperdician en la indiferente avalancha del pensamiento desatendido, en el soliloquio no oído u oído por casualidad en la emisión cerebral de cada día y de cada noche? ¿Por qué somos incapaces de condensar, almacenar ordenadamente y con todo su potencial –como hace una batería eléctrica- el voltaje, posiblemente fructífero, generado por los insomnes arcos y sinapsis de nuestro ser mental? Es precisamente esta generación, infinitamente derrochadora y ruinosa, lo que no podemos, hasta ahora, justificar. Pero el déficit está más allá de todo cálculo.

Una quinta razón para la frustración, para ese fundamento oscuro (dunkler Grund).


‘Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento’ de George Steiner.